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¿Usted es policía?
-No señora, soy músico- le respondí mientras pateaba con disimulo la pistola bajo el asiento del auto y dejaba caer con fuerza el otro pie en la cubierta de caucho del acelerador.
Sin límite de velocidad, conduje, sabrá quien, cuanto. Pero así se me aparecían, los destellos de su voz en mi memoria. De hablar pausado y caminar presto, poco imaginaban las hojas que mas al rato nos iban a servir de alfombra.
Un golpe oscuro se me vino de repente, seguido del accidentado haz de recuerdos en la imaginación destemplándome los nervios cuando me dijo:
-Que pena que ya estés casado.-
Veía sus labios y ella mis ojos, lo que me habría gustado una de estas mañanas despertarme y encontrar su cara junto a la mía.
Le pegue un puñetazo al timón y yo mismo dije, casi gritando, es una pena.
Aunque no podía revelarle que no existía nadie, que no había hambre de sexo, ni que sabia exactamente lo que estaba pensando, deseos puros de sentimientos permanentes, no pude mas que hacer obvia la pena.
Silencio. La templanza de la noche así lo pedía, y yo no hacia mas que complacerla, a esa negra cabrona con el cuerpo repleto de estrellas que nos abrazaba.
“caminando por la calle siempre es peligroso…”
Nada. Tenia que caerse sola la idea en mente, que de cualquier manera se me deshacía como una polvorosa en las manos.
¿En donde estamos ahora?- me pregunto.
Como si se fuera a calmar con que yo le dijera que estábamos en medio de la nada, en un bosque encantado que yo nunca dibuje, pero que seguía creciendo dentro de mí. Dentro de ella.
En su astucia y su manera de meterse en mi, que era preguntando, como queriéndose clavar mas palabra a palabra.
Respuesta con respuesta.
Palabra que si.
Le respondí: Que me había detenido en un lugar donde nadie iba a molestarnos. Verdad de mi corazón que así era.
En ese momento, se prendieron sus manos de mi espalda, que al contacto de su piel, se fue relajando, no es que tuviera las manos tibias, o suaves. Es que en sus manos estaban la razon y la calma.
Nos habíamos bajado de la troca y corrió para el monte, se dio la vuelta y me dijo: “la grama se hizo para pararse en ella”. No supe que responder, pero si que pensé que no sabia para que estaban hechas las cosas, porque para cuando me di cuenta de mi existencia en esta tierra, ya todas las cosas las encontré hechas, toditas, y no sabia que tendrían que tener algún sentido definido.
Camine para ponerme junto a ella, le vi bañada su cara de felicidad, ni los grillos que le daban serenata sabrían el porque de esa felicidad, ¡Ja!, ni siquiera ellos felices chirriando las patas sabrían porque tocaban.
Cerré los ojos y respire su olor, le di una aspirada profunda al aroma vaporoso que despedía su cuello, era un dulce pacifico que me encuadraba los latidos, piano, pianíssimo.
Horas atrás, tenia el brazo tenso y la mano izquierda girando al máximo el timón de la troca, acelerándole los seis cilindros con toda la fuerza que me permitía la pierna, en mi mente viajaban con claridad las notas musicales de la sinfonía de la muerte mientras estiraba mi brazo derecho para apretarle la cacha a la pistola entolvada que escondía, las llantas tiraban pedazos de tierra y el escape bufía un ronquido tronador, imagine al maestro alzando sus manos marcando el compas dirigiéndose con su pelo largo y canoso a la sección de cuerdas, los violines tocando, un piu allegro, el adagio que me hizo apretar el hierro frio con fuerza, apuntando con todo el cuerpo, y ellos allá afuera, detrás de mi vidrio polarizado sin darse cuenta, que irían cayendo en pizzicato, las cornetas irían demarcando su caída, uno por uno, deje ir todas las corcheas que me quedaban en la tolva, casi la vacié, a veces las cuento inconscientemente, con el pie, como el trovador marcando el tiempo con la punta del zapato, y cuando estoy por vaciarla, me detengo, dejo una, siempre dejo una nota guardada.
Salvo los estallidos de humanidad ajena que habían caído sobre ella, intacta, pálida al verme, todo estaba bien, además, ella supo a que había llegado yo, reconociendo crudamente a su verdugo enamorado.
Yo nunca lo supe y nada mas alcance a escuchar que me preguntaba, que si yo era policía.
Sonreí.
OPINIONES
¿Que pensas? de “La soledad del espia.”
El monstruo del Blog se alimenta de comentarios y este tiene mucha hambre...