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Siniestra belleza.

ADVERTENCIA: El presente artículo contiene material orientado hacia los adultos y lenguaje que puedes considerar obsceno. Si no superas la mayoría de edad de tu país, por favor abandona esta sección de mi blog, o podrias terminar trabajando en la linea del ferrocarril.

Noche. Oscuridad y silencio. De pronto un grito de neón desgarrador emerge de las profundas vibraciones de una masa de aire frio que me recorre la espalda.
Despierto con una goma de la gran puta. A la par mía con las sabanas enredadas entre las patas bronceadas, una estrella de la línea que se había venido a vivir conmigo por una noche.
La tele todavía prendida con el Banda Max a medio volumen. Veo la hora, la una y cinco a eme, la boca amarga, tiro una escupida al piso junto a la cama y busco mi pistola bajo la almohada.
Ingrid, que frágil veo la desnudez de su espalda, un chillido en los oídos inapagable me recuerda que estoy de goma. Maldito infierno, la pistola fría en la mano y la observo con detenimiento, la escruto, cachas de oro diamantado italiano en catorce quilates. Nunca le pongo el seguro. Por aquello de que me anden venadeando de cerca, ah no, que no me cante la flor mi monitor que colgamos los guayos juntos.
¡Upa! Vamos pa’ rriba negro que pa’ luego es tarde.
Me cené dos Advil con un trago de Buchanan’s que había dejado en el vaso antes de irme a dormir pa’ celebrar que el güizache mierda ese que nunca aprendió a respetar, se fuera a tocar el arpa.
Esta pagando boca arriba, lo que hizo boca abajo.
Me quise ver la cara en el espejo, y quería encontrar en la imagen de ese humilde muchacho del Sur, la del temible hombre en el que me había convertido. No la encontré, nada más hallé un pilluelo desvergonzado con la sonrisa a medias y el pelo despeinado. Más la veía a ella, que seguía dormida en la cama mullida que compartimos en una de esas casas que visito cuando me harto de las correteadas de la ley.
¿Que donde vivo? Pues pa’ que le cuento si a usted que le importa, total.
Me desahoga el verla. Su siniestra belleza me calma.
No importa que tan larga se haga la velada, corazón, un cafeteado por aquí, un champurrado por allá, sin nunca levantar sospechas de los deudos del difuntito, pero siempre llegaba a caer a sus brazos y a ella.
Sus nalgas y mi ultima noche en la playa, en la disco del hotel, un grupo de cebras prestas a ser devoradas. Moviendo las manos como baladí, la vecina de la muñequita con tacones, y a media minifalda de lentejuela el calzón de tul color negro.
Caminando yo como un leopardo, dándole una vuelta al negocio, sorbiéndole un trago a la lata de mi cerveza en la mano y otra bien fría metida en la bolsa de atrás de los Liváis.

La rubia de shorts caqui con sus tacones infla pantorrillas iba entrando nomas a la bulla, sin sonar ni los zapatos me acerco por detrás y le digo: bailemos. No le pregunte si quería bailar conmigo. Tampoco si le gustaba bailar o si había llegado a hacerlo. Solo le había dicho bailemos y estábamos sudando seis canciones seguidas en la pistuca, raca-raca, raca-raca, “…porque solo los tontos, se enamoran igual que yo…” estaban los Alacranes cantando con su tambora en las bocinas de la discoteca, pero ella no me despegaba los ojos de la mirada de los míos. Me pregunto mas cosas de las que pregunta una novia y allí esta el detalle. La empuje por un lado y le dije que yo a bailar la había sacado, que para platicar se devolviera con su marido.
-Ay no papito, alli si que no se va a poder-, me dijo. Le pegue un buen chupón a la cerveza antes de tirar la lata. La seguridad del lugar ya estaba inquieta, como sabiendo lo que iba a pasar mas tarde.
Que me voy dando la vuelta, y la inquietud de los guaruras se hacia mas recia, la muñeca de mi mujer, había tenido por ocurrencia llegar al maldito lugar que yo estaba frecuentando, eso si que no. No llegaba sola, algo que ya le estaba complicando el modo a los peritos del Ministerio Publico que se iban a quedar contando los cascabillos mas noche.

Después de todo, era mi muñeca, y muñeca que se respeta, mamacita desde que se levanta hasta que se acuesta, pero yo mismo que cuando la conocí tan simple y pura, decidí enseñarla a ser mas astuta que mañosa, ah que tiro tan mal armado, tiro chiflado.

Los micos que la cuidaban se le quedaban viendo a los míos, como no, si entre ellos se buscaban con los ojos como no creyéndose el día que se había llegado, quien había aprendido las mañas de quebrar de quien, a quien hay que poner a chupar gladiolo primero, quien iba a disparar después.

Gente, creo que ya no había mas gente en la discoteca. Daba igual y no era lo mismo.

Yo solo recordaba el día que me había enamorado de ella, tan casta, pura e ingenua. Su pelo negro largo y su olor a vainilla donde quiera que ella caminara. La silueta se me repetía como tartamuda en la cabeza, su contorno bamboleándose mientras caminaba, porque sabia que me encantaba verla caminar. Pero como la odiaba ahora, me había empalagado de ese tufo a dulce quemado que dejaba en toda la casa. Y sus sermones de guardar la gelatina en polvo en otro lado.

Ah pero como me enamoraba su voz, que no era dulce, ni armoniosa, ni melódica, y aunque era mi mujer, no la miraba mucho, pero cada vez que la veía volvía a sentir como me sentía cuando nos quedábamos abrazados sin decirnos nada, porque eso era lo que ella mejor hacia, callar, y cuando uno anda torcido esta en boca de todos, y caminando chueco no se vale ser buchón, no sale, no trae cuenta.

Mis pensamientos se desvanecieron con los primeros martillazos de la tartamuda, ta-ta-ta-ta-ta, un acompañamiento de gritos, vidrios reventándose en la cara, pero yo seguía parado, en mi discreto silencio pensando en la figura de su silueta caminando frente a mi.
Aquella zumbadera de plomo no era nada entre los gritos y los Alacranes que seguian cantando: “…con una sonrisa y zas! ya cayo…”
Ese olor de esencia de vainilla que impregnado a su piel solo a mi me sabia a aroma entre el tufo a pólvora y a carne chamuscada.

Decidí borrarme el recuerdo y ella también cayo al suelo.

Agarre a Ingrid de la cintura y le dije: nos vamos.

A donde nadie nos moleste.

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