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La situacion

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No te vayas a enamorar prietita

Le había dicho esa noche, viéndola fijamente a sus ojos negros de cejas tupidas con puntita a los que me le había quedado viendo tantas otras noches sin decir nada. La prieta, mi prietita, le encantaba apretar los labios cuando estaba pensando, se le abría un agujerito en el cachete izquierdo y miraba con los ojos achinados de lado. Sabrán Dios y la Virgen lo que esa prieta pensaba cuando achinaba los ojos, pero así mismo era que a mi me gustaba.

-Cuando uno saluda a una mujer y no lo voltean a ver a uno, así mismo es como se sabe que esa mujer es buena-, me había dicho Fredo “El Zarcos”, un sicario de los de a veinte que me había hecho un par de vueltas. El Zarcos tenia mas gracia como gatillero que por los ojos rejuntados y pequeños que de una suerte de su mama de el, le habían salido verdes, de ahí el apodo; porque entre nosotros siempre acostumbramos platicar del tiempo, o de que lugar hace las mejores dobladas o donde podes encontrar tamales entre semana que ponernos a platicar de cosas personales, mucho menos de sabernos el apellido.

Puta madre, estoy seguro que un día de estos voy a despertar con un din-don y voy a tener todo el condominio rodeado de chipilines, hilux negros y buitres de la DOAN… pensaba mientras abría los ojos y veía desprevenido el cielo falso azul con detalles en dorado que la prieta había mandado a pintar para mi cumpleaños, dizque de un azul imperio me había dicho la pintora, una vaga de esas de apellido impronunciable que había nacido en cuna de plata, para que su intimidad se las cobije el cielo de la noche, nos decía. Mamadas, yo pensaba, porque era el oro el que me gustaba cuando brillaba por la luz que se metía como a tientas por las ventanas en las noches de las lunas llenas. Me levanté de la cama y como todas las mañanas le recé a la Virgen que tengo colgada del muro; que si hoy me tocaba irme, que me fuera de un solo, que no me fuera a dejar aquí por poquitos, ni que me arrastraran.

-Mira mi amor, es que ese día: cuando te toca, ese día te levantás como cualquier otro día, y todo te parece que transcurre normal, nada mas que vas a sentir que se te hunde un poquito la mera boca del estomago y vas a sacar el aire de repente. Todo lo demás va a pasar como con cremita, y vas a saber que estás en la situación. Que ese día te toca-, le había dicho viendo al cielo, pero agarrándole bien duro la mano con los dedos entrelazados llevándomela al pecho.

Mientras me acariciaba los vellos, acurrucada junto a mi, los dos cuerpos sudando el sudor del otro, aflojados ya del desenfreno sexual que habíamos descarriado.

-Es que si yo te amo, no es ni por cabrón ni por pendejo-, me respondio Anahi. Luego se levanto y fue a prepararse un baño de tina.

Que putas podía hacer yo con mi Anahi, si me traía bien enamorado, desde que le había puesto el ojo cuando caminaba a la par de su tío Beltrán; yo no tenia ni dos días de haber llegado de Guadalajara y ya me estaba gustando para quedarme.

Pero mi prieta no era de Jalisco, ah no señor, esa cabrona era de Santa Ana, Sonora, un pueblón donde los pericos y los borregos se brincan la raya de agua que queda cerca de la frontera con la Unión Americana.

En la sala de Jacquard rayado, habían dos chalecos blindados sobre el sillón, y en la mesa de top de mármol con patas de caoba estilo Luis XIV, estaban bien jateadas veintinueve cajas de tiros, al fondo unas cortinas color Cocoa que habíamos comprado en Key West, cinco cuernos, un lanzagranadas y de lo que quedaba de un queso, novecientos setenta y ocho gramos de perico.

Terminándome de rasurar estaba, cuando escuche que la prieta venia subiendo las gradas a toda prisa.

-Ese día prieta, ese día yo ya no voy a estar y ya no te voy a poder hacer huevos-, me había dicho el muy cabrón, señalándome y sonriéndome con esa su sonrisa de pillo que tenia el muy condenado que como me gustaba. -No era nadie en este mundo que yo acostumbraba, en este mundo, todos los que no eran mi tío Beltrán no eran nadie-, le decía Anahí a un par de policías de esos que hacen el papel del gordo y el flaco, en un cuartucho quien sabe a cuantos kilómetros de la ciudad donde la habían agarrado.

¡Negro! ¡Rápido la metralleta! ¡Mi amor, cierra todo! !Llama rápido al General! ¡Nos tienen rodeados estos muertos de hambre hijos de la chingada!

Porque eso era lo que eran, a lo que ellos se dedicaban, en puras chingaderas nosotros decíamos que les habían puesto uniformes negros porque parecían zopes, y como los zopilotes que eran esperando que cayera el muerto para comerse la carroña, pensábamos nomas.

Era muy tarde ya, a pesar de que el reloj junto a la cama marcaba las seis de la mañana con cuatro minutos.

-¡Al suelo hijos de la gran puta!, gritaron los primeros tres zopilotes.

Anahí fue la primera que se llevo las manos a la cabeza, de no ser porque ya me había hecho la mirada con la que me calmaba, con las ganas de desplumarlos que tenia a los hijos de la gran puta, ese día nos moríamos todos, por poquitos, como nunca se lo había pedido a la Virgen. Pero me calme y también subí las manos, me habían encontrado en calzoncillo y Anahí estaba desnuda de la cintura para abajo. Había terminado de reconocerle la cara a uno de ellos, pinche Fredo Zarcos hijuelaverga, el mismo sicario de a veinte que me había servido tantas otras veces. El que por persona “normal” me cobraba veinte mil varos, y por juez doscientos, gratis si era para quedar bien conmigo, era un puerco policía.

Vi como esposaban a Anahí, y como la gran puta les grite que tuvieran la decencia de permitir que se pusiera la ropa, que de tocarla no iba a dejarles una cucaracha viva donde vivieran.

¡Son unos malditos zopilotes!, les gritaba enfurecido.

¡Vivan, cobren su mordida y dejen vivir, hijos de la gran puta, o van a dejar de vivir!

Pero ni bien había terminado de gritar y estaban por sacarme la saliva a patadas cuando el que asumo era el jefe de ellos les grito que no, sabia muy bien que por cada patada que me dieran me las iba a mochar parejo con un hijo, una sobrina o un primo, hasta que se fuera la familia completa.

-Ese día prietita, ese día va a sonar el din-don y vas a reconocer a algunos, hasta muchos. Todo lo demás allá afuera va a parecer normal, y vamos a preferir a agarrarnos de metrallazos con esos malditos tacuazines a que nos lleven. No me mortifica la idea de que me maten prieta, porque para morir nacemos. Sino que te lleven lejos y te vayan a querer preguntar cosas con un chorrito de acetileno, cosas de las que no te vas a saber la respuesta-

-Ay William… Negrito. Ese día cuando se llegue la situación a mi lo que me va a preocupar es que nos dejen vivos y me tengan lejos, lejos de donde no pueda verte, ni olerte. ¡Entonces ese día si que me chingaron la vida!

-No te vayas a enamorar prietita-.

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